La embarcación, alguna vez ícono del turismo regional, acumula historias, viajes y años de descuido en un rincón del río.
Décadas atrás, el crucero argentino era una de las grandes apuestas turísticas del país, con recorridos que lo llevaron a navegar por distintos puntos de América y a convertirse en un atractivo itinerante.
Su transformación más llamativa llegó cuando fue reconvertido en hotel flotante, una iniciativa que buscaba revivir su esplendor y atraer a miles de visitantes.
El proyecto no prosperó y, con el tiempo, el barco quedó inmóvil, oxidado y deshabitado, convirtiéndose en un escenario que mezcla nostalgia, intriga y abandono.





